viernes, 3 de agosto de 2012


La playa siempre fue ese lugar que, en mí, sanó heridas, atenuó tristezas, victoreó batallas ya perdidas e hizo un poco menos dolorosos los reveces de la vida. 


La playa siempre fue ese lugar donde me sentí libre, segura, protegida; quizás porque me crié allí, quizás porque desde chica sentí que ese era mi hogar, mi casa. 

Cada vez que regreso a Mar de las Pampas cumplo con la misma rutina… Subo, con la misma dificultad de siempre, los medanos que me separan de ese paraíso y una vez en la cima observo el paisaje completamente ajena a cualquier otro estímulo que no sea la playa y su movimiento cotidiano. Me quito las ojotas y comienzo a caminar, lentamente, hasta la orilla del mar, no me detengo por nada ni por nadie, solo camino con los ojos y el corazón puestos en la inmensidad que se abre ante mí.

El corazón me late fuerte y mis pulmones se llenan del aire levemente salado que circula y se mueve a mi alrededor, no se si dándome la bienvenida o pidiéndome que no vuelva a irme. Cierro los ojos y siento. Durante algunos segundos, quizás minutos (realmente no llevo la cuenta de cuanto tiempo puedo permanecer parada allí sin moverme), respiro profundamente y espero. 

Mi mar viene a saludarme mojando mis pies y se ocupa de regalarme realidad, una realidad que dejé atrás hace mucho tiempo y que cada vez que nos encontramos me grita desesperadamente para que lo escuche… “Quédate” “Quédate conmigo”. He infinidad de veces miro para otro lado haciendo oídos sordos a sus súplicas, a sus ruegos cargados de nostalgia por aquellos tiempos en que solo éramos el y yo.

Pero esta vez volví para quedarme… Volví para permanecer a su lado, volví para vivir otra vez bajo su cielo y sus estrellas. 

No sé qué me deparará el destino. No sé qué plan tiene para mí. Ya no intento encontrar respuestas, razones, que me convenzan de cual es el mejor camino a seguir. 

Solo se que los brazos que ahora rodean mi cintura y los labios que besan mis mejillas, bañadas en lágrimas por la emoción del reencuentro, son aquellos que siempre quise mostrarle, que siempre quise contarle que eran la razón de mis constantes llegadas y posteriores partidas. 

En su búsqueda iba, a él quería llegar y así demostrarle que no había fracasado, que no lo había decepcionado y que mi sueño al igual que el suyo simplemente era ser feliz.

-¿Me amas? – Pregunto con la voz quebrada
-¿Me estas hablando enserio mi amor?
-Si Gas… Te lo pregunto enserio… - y sonrío. Parece una obviedad pero para mi no lo es.
-Claro que te amo, mi vida – y estampa un sonoro beso sobre mi mejilla.
-Perdoname… - Le susurro con los ojos cerrados por la catarata de sensaciones que recorren mi cuerpo.
-¿Por? – Y no deja de abrazarme.
-Por ser tan desconfiada… Yo se que me amas. Pero a veces tengo miedo de que esto sea solo un sueño.
-¿Esto te parece un sueño? – Mientras comienza a hacerme cosquilla.
-¡No! ¡No! ¡Pará Gas! ¡No! - Y mi cuerpo convulsiona por lo que me hace. Intento escapar de sus brazos pero el es mas fuerte que yo. Siempre lo fue. Nunca dudó del amor que le tengo y estoy segura que nunca lo hará. No puedo evitar reír a carcajadas y cuando logro soltarme de sus brazos ambos caemos sobre la arena jadeantes. Se recuesta a mi lado y lo escucho suspirar.
-¿Y ese suspiro? – Mientras giro mi cuerpo y quedo sobre el. Vuelve a suspirar pero esta vez se sumerge en mis ojos que brillan más que el sol que nos alumbra.
-Es un sueño Ro… pero hecho realidad. ¿O me vas a decir que nunca soñaste con esto? ¿Con nosotros? – Posa sus labios sobre los míos y los atrapo temerosa de que se aparten de mí.
-¡Si! ¡Claro que siempre soñé con esto! Pero tengo miedo…
-No lo tengas… Yo estoy con vos… - Sonríe – Y no pienso ir a ningún lado si no es de tu mano – La toma dulcemente y la besa.
-Te amo tanto Gas… - Susurro.
-Yo también mi amor… 

Y volvemos a besarnos. 

Lo que sentimos es tan o mas profundo que el océano que tenemos frente a nosotros y mi mar vuelve a abrazarme creyendo en mis palabras y aceptando a este nuevo ser que, aunque llega para robarnos un poco del tiempo que sabemos debemos recuperar, es el hombre que elegí, es el hombre que a partir de ahora caminará a mi lado y me hará la mujer mas feliz del mundo.

Completamente mojados nos separamos y reímos felices. Me abraza fuerte y rodamos por la arena como dos chicos. Vuelve a besarme y se tumba a mi lado.

El agua viene y va, el viento sopla fuerte pero no nos importa, estamos juntos… 

Los tres.

Gastón posa una mano sobre mi vientre y voltea a mí haciendo contacto con mis ojos emocionados…

-Vamos a ser muy felices, mi amor…
-¿Me lo prometes? 
-¡Te lo prometo! – Grita seguro y convencido de lo que me dice.
-¿Me lo prometes papi? – Le pregunto cambiando mi voz por una un poco más aguda.
-Te lo prometo, hijo… - y no puede ocultar su felicidad - Te lo prometo…
-¿Papi? – Sigo hablando con voz finita – ¿Vamos a casa que tengo ganas de comer churros?
Gastón ríe con ganas y se levanta ayudándome a incorporarme.
-¿Con dulce de leche? – Le habla a mi panza.
-¡Ti! – Contesta “mi hijo”
-Vamos entonces.

Me trepo a su espalda y entre risas, “te amos” y besos volvemos a escalar los medanos que en mi infancia descendí infinidad de veces.

Mi mar me saluda, sonríe por mi regreso, y me susurra “Chau”.

Giro mi cabeza aun sobre la espalda de Gastón y me despido.

-Hasta mañana…

Me aferro nuevamente al cuello de mi hombre y respiro aliviada. 

Estoy en casa… ¿Que más puedo pedir?

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